La propuesta de transición energética de Petro: la más responsable

Dejar parte de las reservas fósiles enterradas ayuda en la disminución de gases de efecto invernadero y salvaguarda la economía del duro un escenario muy próximo

Una transición planeada que disminuya a mínimos nuestra dependencia de los combustibles fósiles no es una idea delirante del candidato presidencial Gustavo Petro, como algunos sectores lo quieren presentar. Por el contrario, se trata de la propuesta de una política pública que logra advertir a tiempo un escenario inevitable: el de restricciones globales a la extracción y uso de carbón, petróleo y gas como única manera de ralentizar el rigor de la catástrofe planetaria desatada por la crisis climática. En el espacio de esta columna se ha hecho un amplio recorrido por planteamientos, tanto científicos como políticos, que demuestran esta tendencia. El más reciente tuvo lugar la semana pasada en la cumbre “Estocolmo+50”, reunión oficial de Naciones Unidas que recibió el mandato de emitir una serie de recomendaciones para acelerar la acción hacia un planeta saludable. La tercera recomendación del documento habla de la necesidad de un cambio profundo en el sistema económico mediante la adopción de nuevas medidas del progreso y bienestar humano, y de “promover la eliminación gradual de los combustibles fósiles mientras brindamos apoyo específico a los más vulnerables, de acuerdo con las circunstancias nacionales, y reconociendo la necesidad de apoyo financiero y técnico hacia una transición justa”.

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La propuesta de dejar parte de las reservas fósiles enterradas no implica solamente aportar en la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero: es una forma de salvaguardar la economía nacional ante un escenario que nos afectará duramente en el futuro cercano. La extracción de petróleo generó en 2021 el 32% de los ingresos por exportaciones (y el 4,45% del Producto Interno Bruto), cifras que evidencian la gravedad de nuestra dependencia de un producto que no tenemos. Las reservas del país representan el 0,1% de las mundiales, y las perspectivas de aumento son mínimas. Como en la explotación de cualquier mineral, los yacimientos más grandes son los primeros a los que se accede; con el paso del tiempo, estos disminuyen su capacidad de entregar hidrocarburos, hasta llegar al agotamiento. Los campos petroleros más importantes fueron descubiertos hace décadas y están hoy en fase de declinación; los descubrimientos adicionales son más difíciles de concretar, exigentes en términos energéticos y con impactos ambientales aún mayores, como en el caso de los yacimientos no convencionales (fracking) y los de mar adentro. Colombia no es un país petrolero, por lo que debe priorizar la extracción de sus reservas para su uso interno durante el período de transición.

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La necesidad de detener la exploración petrolera, argumento central de Petro, es el mismo de la Agencia Internacional de Energía. El organismo indica que evitar superar los 1,5 °C solo es posible “sin exploración de combustibles fósiles” y “sin nuevos campos de petróleo y gas natural”. Adicionalmente, si se decidieran extraer el crudo y gas marginal del país, sería un riesgo en cualquier escenario, como se explicó en una columna anterior (Publicada por Las 2 Orillas). La investigación de la organización Carbon Tracker Initiative señala que, en un contexto de políticas restrictivas como el que se avizora para las fósiles, Ecopetrol perdería más del 75 % de su participación en el mercado. Si se hicieran estas inversiones generarían “activos varados” (stranded assets), que sufrirían devaluaciones o conversiones imprevistas a pasivos; puesto que el uso de hidrocarburos debe caer, una menor demanda significa precios más bajos y una mayor competencia por un mercado sin espacio para nuevos proyectos. Además, debido al monto multimillonario de las inversiones necesarias para estos proyectos, detenerlos es fundamental para evitar una carga contaminante imposible de sostener por el Estado, ante la posibilidad de la bancarrota de muchas de las petroleras en un escenario restrictivo, como el que se configura.

Como lo señala la carta pública de apoyo a la propuesta, firmada por un nutrido grupo de varios de las y los intelectuales más influyentes del planeta, el programa es “una apuesta por otras fuentes de ingresos, muchos de ellos basados en la rica biodiversidad del país, que facilitaría la generación de condiciones de vida digna para muchas personas, especialmente pueblos indígenas, afrocolombianos, campesinos y víctimas del conflicto armado y de los megaproyectos energéticos. Este camino ubicaría al país a la vanguardia de la lucha climática efectiva y brindaría las condiciones necesarias para proteger sus valiosos ecosistemas, fundamentales para la preservación de la vida en el país y el planeta”. Generar las condiciones institucionales, económicas y políticas para una transición energética gradual, amplia, incluyente y justa, es un reto de enormes proporciones. No se trataría solo de impulsar las ideas de un programa de gobierno, hablamos de una construcción colectiva que implica una profunda transformación cultural en la que entendamos el acceso a la energía como un derecho fundamental, en la que la conciencia de los límites planetarios, de los derechos de las siguientes generaciones, y la protección de la vida sean el valor rector.  Advertir a tiempo un escenario inevitable es un acto de responsabilidad con el país, y precisamente, es el aspecto central de la propuesta del candidato.

Vea: Carta de apoyo al programa de Gobierno del Pacto Histórico

Nota tomada del portal “Las 2 Orillas” Escrita por Andrés Gómez, investigador del área de Energía y Justicia Climática del Censat Agua Viva

 

Fuente: Censat Agua Viva

Hija de Berta Cáceres espera una sentencia favorable seis años después de su crimen

Laura Zúñiga, hija de la ambientalista Berta Cáceres, en una fotografía de archivo. EFE/Gustavo Amador

El juicio por el asesinato en 2016 de la ambientalista hondureña Berta Cáceres logró en 2021 una resolución histórica del Supremo, pero el coautor intelectual del crimen, David Castillo, todavía no está sentenciado, una condena que la familia espera sea favorable para que hechos como este no se repitan.

Laura Zúñiga, una de las hijas de la líder ecologista, dijo este jueves a Efe que la búsqueda de justicia para Cáceres “es un aporte importante para la sociedad hondureña, las víctimas y las comunidades”, para asegurar la posibilidad de que hechos como el asesinato de su madre no se repitan.

 

Fuente: Agencia EFE

El derecho humano al agua [Análisis]

Doce años hará, un 28 de julio, que en el seno de la Asamblea General de la ONU y a propuesta de la Bolivia de Evo Morales, se aprobó con el voto favorable de 122 países una Resolución “que reconoce al agua potable y al saneamiento básico como derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos”. Sin duda que tal iniciativa era el resultado de la experiencia que está nación viviera, cuando en el año 2000 tuviera lugar  la primera Guerra Social por la Defensa del Agua como Derecho para la vida.

Cinco años antes, en el 2005, esta misma organización había aprobado convocar a todas las naciones para el Decenio Internacional para la Acción: “El agua, fuente de vida”, con la aspiración que para el 2015 se redujera a la mitad el porcentaje de personas que carecían de acceso a agua potable y a servicios de saneamiento.  Sin embargo, al concluir ese año la población mundial que seguía sin cubrir esas necesidades, superaba los 2,600 millones. 

Ya el PNUD en su Informe de Desarrollo Humano del 2006, hacía un llamado a todos los gobiernos del mundo para que se reconociera como derecho humano el acceso mínimo de 20 litros de agua limpia al día, que para el caso de las poblaciones más pobres, debería ser gratuita, ya que es aquí donde a menudo se encuentran personas que sobreviven con menos de 5 litros de agua contaminada al día, la misma que anualmente cobra la vida de más de 3 millones y medio de seres humanos.

La importancia creciente de que las personas dispongan del agua como un derecho humano y una cantidad mínima para satisfacer sus necesidades, comienza a cobrar forma cuando en Asamblea General de la ONU en 1992, se adoptó una Resolución que declara cada 22 de marzo como el Día Mundial del Agua. Más tarde, el 2003 fue declarado “Año Internacional del Agua Dulce” y el 2008 “Año Internacional del Saneamiento”.

El agua, elemento esencial para la vida desde que esta apareciera hace más de 3,500 millones de años sobre la Tierra, constituye en los seres humanos dos terceras partes de su organismo y su importancia es tan elevada, que con tan solo una pérdida en el cuerpo del 20% de ella, la muerte sobreviene de manera casi inevitable. Pese a este incalculable valor del agua para la vida, su consumo y acceso en el mundo se muestra profundamente inequitativo y desigual. 

En países altamente desarrollados como los Estados Unidos, el consumo promedio diario de una persona puede oscilar entre 200 y 400 litros, en algunos países de América Latina alcanza 135 litros, mientras que en Somalia y Nigeria se sobrevive con 9-10 litros. Estas cifras se tornan aún más impresionantes, cuando en el mundo de hoy más de 1,500 millones de personas carecen de agua potable y casi 2/3 de sus habitantes no disponen de instalaciones sanitarias básicas, lo que los expone a enfermedades, diarrea, muerte de niños, parásitos intestinales y otras consecuencias.

De modo que el agua, y sobre todo que sea limpia, junto con un acceso equitativo y el saneamiento básico, califican perfectamente como derechos humanos esenciales y deberían ser garantizados por las naciones y sus gobiernos a todos sus ciudadanos. Sin embargo, desde hace algún tiempo el agua viene convirtiéndose en una mercancía más y con ello, motivo de posibles conflictos bélicos, en un mundo donde crece su demanda y consumo, hay una sobreexplotación evidente de los principales acuíferos, junto a un  despilfarro per cápita irracional en muchos países altamente desarrollados; problemas muy asociados a la forma como el capitalismo gestiona sus relaciones agresivas con la naturaleza. 

El reconocimiento del agua potable como derecho humano no implica que tal derecho no siga siendo visto desde una óptica del mercado, es decir, considerar al agua  como recurso público de uso común, debe provocar además, una protección urgente de los propios ecosistemas que garantizan o sustentan la vida misma.

Por eso no hay duda que tanto el crecimiento de la población humana, la demanda de los procesos industriales, así como los efectos del calentamiento global sobre el agua,  lo que está haciendo según algunas estimaciones, que de cada 10 personas en el mundo, aproximadamente 4 estarán viviendo en naciones donde la escasez de agua será considerable. Esta situación explica el creciente rechazo de muchas comunidades indígenas y campesinas de América Latina, a la construcción de grandes represas en sus territorios.

En un mundo donde el 3% de toda el agua del planeta es agua dulce (aunque  casi el 70 % de ella está concentrada en  glaciares y hielo) y según la FAO, más del 39 % de la población mundial sufre serios problemas de acceso al agua, se entiende perfectamente que el capitalismo en su dinámica depredadora y basado en su lógica de acumulación de capital y de enriquecimiento especulativo,  haya decidido lucrar con un recurso como este y desde principios de diciembre de 2020, como cualquier commodities, llámense petróleo u oro, se esté cotizando en la Bolsa de Valores de Wall Street.

Definitivamente que esto tiene y tendrá grandes implicaciones sobre el derecho humano al acceso al agua potable, toda vez que para que este nuevo negocio capitalista resulte rentable, se va a necesitar que exista poca disponibilidad de este recurso, lo que generará e intensificará, sin dudas, procesos de privatización y acaparamiento de territorios donde el agua abunde, así como un debilitamiento de los sistemas público y comunitario de gestión del agua potable. Además, es de suponer que eso traerá necesariamente un aumento del precio del agua, lo que tornaría más difícil su acceso por millones de personas en el mundo.

La cotización en Bolsa del precio del agua representa la posibilidad de que en los llamados mercados de futuros (Futures Exchange), se puedan realizar contratos para negociar, comprar o vender para una fecha futura, derechos de uso del agua cuyo precio y condiciones son fijados en el presente con antelación. Para participar en este tipo de negocios, los especuladores no tienen necesidad ni de poseer el agua ni la tierra donde ella se encuentre, situación que amenazará seriamente con agravar en los próximos años los problemas de abastecimiento de agua. 

Para el capital financiero el “mercado del agua” está pasando a ser uno de los negocios más estables, seguros y rentables que a largo plazo les convendría a muchos inversores. Este tratamiento del agua como mercancía en el mercado global amenaza con aumentar los conflictos, no sólo por el creciente  rechazo que genera entre las comunidades campesinas e indígenas la construcción de represas en sus territorios, sino porque entre muchos países comienzan a agudizarse las disputas sobre las cuencas que comparten. Tales son los casos de Sudán, Egipto y Etiopía en el río Nilo, del río Negro-Orinoco y de las zonas del acuífero Guaraní, entre otros. Por eso no sorprende que la actual vicepresidenta Kamala Harris haya expresado en alguna ocasión: “Durante años las guerras se han peleado por el petróleo, [pero que] en poco tiempo serán por el agua”. 

El reconocimiento del agua potable y del saneamiento básico como derecho humano esencial, debiera más ahora que nunca, ser una prioridad de la humanidad para beneficio de los millones de personas que están desprovistos de estas necesidades.

Por: Pedro Rivera Ramos. Investigador

Ilustración: Luc Vernimmen

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