Nueva Constitución en Chile: un avance en el derecho a la alimentación digna

Luego de muchos obstáculos, se aprobó el Derecho a la Soberanía y Seguridad Alimentaria y el Derecho a la Alimentación en la Convención Constituyente de Chile. Un logro que llega al borrador de la nueva Constitución gracias a la incansable lucha de las organizaciones campesinas.

La Convención Constituyente paritaria y plurinacional de Chile lleva casi un año definiendo los artículos y las bases de la nueva convivencia. El actual proceso de creación de una nueva constitución es el fruto de meses de rebelión popular por la vida digna, desde octubre de 2019. Se espera que ponga fin a la Constitución creada por el dictador Augusto Pinochet en 1980 y que termine con el sistema político neoliberal y extractivista que hizo estragos en el país andino.

Este proceso comenzó tras la aprobación del Plebiscito Nacional, a través del referéndum realizado el 15 de octubre de 2020. Al año siguiente, en el mes de mayo, el voto popular eligió a las y los 155 representantes que sintetizarán las principales demandas de la población para la reformulación de un Estado que garantice derechos. Desde entonces, las expectativas son altas y a la altura del momento histórico: la nueva Constitución tiene que ser plurinacional, feminista y ecologista.

Detrás de cada artículo abordado para la nueva Constitución laten las luchas históricas y se mantienen firmes las exigencias al acceso a los derechos básicos de manera gratuita, integral e igualitaria, porque así lo demandan las calles: “¡Con todo, sino pa´que!”. A su vez, se espera que la Constitución no sólo reconozca y garantice los derechos de las personas que habitan el territorio plurinacional, sino que también se incorporen los derechos de la naturaleza, animales y los bienes comunes. Una base ambiciosa que pretende modificar de raíz el modelo extractivo de producción y que anhela un futuro con más salud, derechos y dignidad para todo Wallmapu.

El próximo 4 de julio se entregará la propuesta de la nueva Constitución para que se apruebe o rechace a través del voto popular en el plebiscito de salida, durante el segundo semestre de este año. Para eso, las propuestas que fueron presentadas deberían abordarse previamente en comisiones y luego obtener dos tercios de la votación en el pleno que define el borrador. Así, por ejemplo, se definió  el Artículo 1, que establece a Chile como un Estado social y democrático de derecho que es plurinacional, intercultural y ecológico.

Foto: ANAMURI
Constituyente y confusión: ¿Qué se entiende por Derechos de la Naturaleza?

Hasta acá, todo muy bonito, ¿no? Ciertamente, como decíamos, este proceso es histórico y es triunfo de la lucha popular, pero “los perdedores” aún no son vencidos. La presión política de las derechas y el lobby empresarial no son ajenos al acontecimiento. Y, mientras se avanza con la aprobación de artículos que reconocen los derechos de la naturaleza para integrar la nueva carta magna del país, se rechazan y frenan muchos otros que son complementarios para entender el proceso desde una perspectiva integral y de los pueblos. Al momento, se aprobaron los artículos sobre crisis climática y ecológica, deberes del Estado con la Naturaleza, derechos de los animales no humanos, derecho de participación ambiental, derecho de acceso a la información ambiental,  gestión de residuos, principios ambientales, democracia ambiental, principio del Buen Vivir y declaración del agua como inapropiable. Todos estos puntos representan un importante avance con respecto a la Constitución anterior.

Existe una preocupación en torno al cuidado de la Madre Tierra y la contradicción que generan propuestas como, por ejemplo, las de los artículos 6, 11, 12 y el inciso segundo del artículo 2, incluídos en el segundo informe de la comisión 7 de la Convención Constitucional, donde se establece el patentamiento de los conocimientos, semillas y medicamentos, entre otros. ¿Es posible hablar de los Derechos de la Naturaleza con leyes que establezcan el patentamiento y la privatización de las semillas?

A su vez, el rechazo en comisiones de algunos artículos marcan un tono y evidencian una mirada banal de lo que se entiende por Derechos de la Naturaleza. Si bien los artículos rechazados aún pueden ser discutidos y presentados nuevamente para ser votados de manera general en el pleno de la Convención Constitucional, el hecho de que no hayan sido acompañados por su propia comisión da indicios de una toma de posición. 

Nos referimos al rechazo del artículo 4, referido al Reconocimiento y Protección de los Derechos de la Naturaleza, por ejemplo, que plantea la preexistencia al Estado de una diversidad de concepciones sobre la Naturaleza. O el rechazo del artículo 26 sobre los Principios Ambientales, que plantean la interdependencia entre todos los componentes de la Naturaleza, incluido el humano. Tampoco se aprobaron todos los artículos referidos a Medioambiente y Bienes Comunes Naturales, que van del 12 al 19. Y se suma el rechazo del artículo 22, referido a la Biodiversidad, según el cual el Estado se compromete a proteger, restaurar y conservar sus vínculos ecosistémicos (una iniciativa que, de ser aprobada, cerraría la puerta a los negocios forestal, minero, agroalimentario y energético).

Sin derecho a la Soberanía Alimentaria no hay nueva Constitución

Pero no sólo eso. El 20 de enero de este año, la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (ANAMURI), apoyada por la constituyente Alejandra Flores Carlos, presentó una propuesta para que el Derecho a la Alimentación sea incorporado como un derecho fundamental en la nueva Constitución chilena. La iniciativa recibió el apoyo popular de más de 16.500 firmas virtuales. A su vez, apoyaron otra iniciativa que impulsa la  presencia del mundo rural en la nueva Constitución. Sin embargo, durante las últimas semanas los artículos fueron inicialmente rechazados por la Comisión Nº5 de la Convención Constituyente.

¿Por qué es importante hablar del derecho a la alimentación y de la Soberanía Alimentaría en una constitución? ¿En qué se relaciona la Soberanía Alimentaria con los Derechos de la Naturaleza? Según el último informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), durante el año 2021 en Chile al menos 600 mil personas, sobre una población de 19.4 millones, sufrieron hambre. Esto significa un aumento de 57 mil personas en comparación con los datos registrados entre 2004 y 2006. A su vez, se estableció que 3.4 millones de habitantes de ese país tuvieron dificultades para acceder a alimentos saludables y nutritivos. Y que tan sólo el 15% de las personas mayores de 15 años consume más de 5 porciones de frutas y/o verduras por día. En términos del propio organismo, esta situación se relaciona directamente con la desigualdad existente en Chile.

Este escenario debe analizarse desde la implementación y profundización de recetas neoliberales durante los últimos años y el desafío del actual gobierno de Gabriel Boric por desacelerar la importación de productos como azúcar, aceites, leguminosas y trigo y potenciar los mercados locales y la comercialización de la producción agrícola campesina.

En Chile, la agricultura campesina e indígena, la pesca y recolección artesanal proveen la mayor parte de los alimentos que se consumen en el país. A pesar de los desplazamientos y la criminalización de los y las campesinas, el poco acceso a la tierra, al agua, al mar y a los espacios comunes de recolección y la falta de políticas de apoyo y fomento adecuadas a sus necesidades y realidades sociales, económicas y territoriales, la ruralidad sostiene la vida. A su vez, los sistemas campesinos, indígenas y artesanales son los que pueden entregar una producción diversa y no contaminada, siendo la base fundamental de una alimentación adecuada.

En la iniciativa popular presentada, ANAMURI explica que “Chile ha logrado reducir la desnutrición infantil, pero experimenta niveles crecientes y alarmantes de malnutrición (…) Se ha hecho cada vez más dependiente de la importación de alimentos e insumos agrícolas, dejándonos sujetos a las inseguridades y vaivenes del comercio internacional, a pesar de contar con la tierra y los recursos necesarios para alimentar plenamente a la población del país”.

A su vez, sostienen que con la pandemia de COVID 19 se ha demostrado que “el acceso a la alimentación es inadecuado, frágil e insuficiente para amplios sectores de la población y especialmente para las mujeres. También hizo visible el desabastecimiento de semillas para la producción de alimentos básicos”. Y denuncian que la vida rural enfrenta “problemas crecientes para acceder al agua, la tierra y las semillas, incluidas las semillas campesinas, que están siendo sometidas a restricciones cada vez mayores de uso y circulación”.

En ese marco, proponen que todas las personas que habitan el país tengan “una alimentación saludable, diversa, suficiente, sin contaminantes y culturalmente adecuada, que garantice una vida libre de hambre y permita un desarrollo mental, físico y espiritual digno y satisfactorio”. Para eso, la Constitución debe reconocer a la Soberanía Alimentaria como “un principio fundamental que sustenta el derecho a la alimentación y determina las políticas agrícolas” y se debe asegurar la alimentación “a través de la producción y procesamiento agroecológico, diversificado y desconcentrado, importando sólo aquello que no sea posible producir en el país”, priorizando los comercios locales y la producción campesina, indígena, pesquera y pastoril.

En una de sus intervenciones, la constituyente Alejandra Flores Carlos, quien impulsó las propuestas de ANAMURI en la convención, sostuvo que es necesario incorporar en la mirada de la ciudad el valor que tiene la ruralidad “como espacio de vida y producción”, ya que se encuentra íntimamente relacionado “con el equilibrio salud e integralidad de los ecosistemas, cumpliendo un papel fundamental para el bienestar de todas y todos”. En ese sentido, explicó que “el derecho a la alimentación es un derecho absoluto, un derecho que todo Estado debe garantizar para su sistema político y de desarrollo”. Flores agregó que “incorporar el derecho a la alimentación en la Constitución es un paso clave para el bienestar, ya que este derecho requiere la plena libertad de los pueblos para asegurar los alimentos de acuerdo a saberes, costumbres y ecosistemas, para sacar el máximo provecho pero también cuidar la naturaleza que nos rodea”. Para la constituyente, esa es la definición de la Soberanía Alimentaria y por ese motivo se tiene que consagrar en el artículo 42 de la nueva Constitución. 

Las iniciativas populares presentadas por las organizaciones sociales, feministas, campesinas y de Derechos Humanos en la Convención Constituyente evidencian la importante participación popular y el involucramiento de la sociedad civil en el armado de la nueva Constitución. En lo que respecta particularmente a las propuestas llevadas por ANAMURI, a través de la incorporación de “los artículos 35 y 45 en la Constitución”, explicó la constituyente, “es posible un Chile sano, saludable, sin riesgo de hambre, con una ruralidad y agricultura con mayores posibilidades: que se empiece a construir el buen vivir de los pueblos”.

Foto: ANAMURI
¡Medioambiente y territorio con Soberanía Alimentaria!

El pasado 5 de mayo, la Comisión N° 3 de la Convención Constituyente que aborda la Forma de Estado rechazó la propuesta de Soberanía Alimentaria impulsada por un amplio y diverso colectivo de organizaciones campesinas. Sin embargo, se aprobó el artículo de “Ruralidad” propuesto por los mismos colectivos. En ese contexto, las organizaciones comunicaron la importancia de asumir el momento histórico y asegurar la estabilidad de la agricultura en todo Chile, a través de la producción de alimentos sanos, el apoyo a los pueblos del campo y a una producción que cuide la naturaleza, ya que hablar del derecho a la ruralidad sin Soberanía Alimentaría ni semillas libres sería una verdadera contradicción.

“No pedimos privilegios ni derechos especiales, pedimos libertad para seguir produciendo para el beneficio de todos y todas, pedimos mantener el derecho a las semillas porque ha sido por más de 10 mil años el derecho incuestionable que permitió la expansión, diversificación y mejoramiento de la agricultura y porque sin semillas en las manos de los pueblos del campo no habrá agricultura”, sostuvieron las organizaciones campesinas en un comunicado conjunto por el derecho a la alimentación.

Luego de dos intensos días de lucha en defensa de la Soberanía Alimentaría, la Comisión N° 5 de “Medioambiente, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes y Modelo Económico” aprobó el artículo 17, que establece que “es derecho del Estado asegurar la Soberanía y Seguridad Alimentaria”, promoviendo “la producción, distribución y consumo de alimentos que garanticen el derecho a la alimentación sana y adecuada, el comercio justo y los sistemas alimentarios ecológicamente responsables”. Ignorando, sin embargo, el inciso que consagraba el derecho al uso e intercambio de semillas. Este artículo se podrá volver a presentar mañana, sábado 14 de mayo, como última oportunidad.

A su vez, el día miércoles 11 de mayo se aprobó el Derecho a la alimentación adecuada en el pleno, es decir que pasó al borrador de la Constitución. Allí se establece que “toda persona tiene derecho a una alimentación saludable, suficiente, nutricionalmente completa, pertinente culturalmente y adecuada. Este derecho comprende la garantía de alimentos especiales para quienes lo requieran por motivos de salud.”. Y cuenta con una indicación que sostiene que “el Estado garantizará en forma continua y permanente la disponibilidad y el acceso a los alimentos que satisfagan este derecho, especialmente en zonas aisladas geográficamente”. Adicionalmente, se fomentará desde una perspectiva ecológicamente sustentable “la agricultura campesina, la pesca artesanal, y promoverá el patrimonio culinario y gastronómico del país”.

Después de muchos meses de incansable lucha por el derecho a la Soberanía Alimentaria para todo el pueblo chileno, se celebra el triunfo. Y se espera que sea votado en el apruebo de salida para su real implementación. Desde ANAMURI y las organizaciones campesinas hermanas aseguran que este es el primer paso dentro del proceso constituyente, y que la lucha por los Derechos Campesinos y las semillas libres continuará hasta que la dignidad se haga costumbre. Durante los últimos meses lograron ganar espacio dentro de la Constituyente y disputar contra las políticas hegemónicas de agricultura y medioambiente. Ahora, el próximo paso es lograr que estos derechos sean aprobados por el pueblo chileno frente a la ofensiva de las derechas  para que no se apruebe.

Por: Camila Parodi

Fuente: Agencia de Noticias Biodiversidadla

Comunidades campesinas dicen no a los bloques petroleros 50 y 51

Desde el año 2019, la compañía canadiense Gran Tierra Energy quiere comenzar operaciones petroleras en 3 nuevos bloques: el bloque Charapa 50, Chanangue 51, e Iguana. Estos comprenderían las parroquias de General Farfán, 10 de Agosto, Santa Cecilia y Nueva Loja.

El ingreso de la compañía significaría una nueva era de contaminación para las comunidades incluidas en los bloques y la vulneración de derechos humanos y de la naturaleza.

Por esta razón, a partir de octubre de 2021, las comunidades han dado vida a un frente de resistencia para oponerse al ingreso de la compañía.

Durante esta lucha, las comunidades han valientemente analizado el estudio de impacto ambiental elaborado por la compañía, y de esta manera se han enterado que tal estudio contiene numerosas falacias, omisiones, y mentiras.

Por ejemplo, varios ríos y varias escuelas no están presentes en el estudio.

También, las comunidades se han enterado que durante los procesos de socialización la compañía ha comunicado informaciones falaces. Por ejemplo, allí refirieron que no se instalarán nuevos mecheros, cuando en el estudio de impacto ambiental declaran que instalarán 14 nuevos mecheros solo en el bloque charapa 50. Todas estas violaciones han sido recopiladas por parte de las comunidades en una resolución escrita que tiene el fin de denunciar frente a las instituciones competentes la mala conducta de la compañía, y manifestar expresamente a las mismas autoridades la oposición de los ciudadanos de las parroquias involucradas al ingreso de la compañía

La guerra el acto más destructivo desde el punto de vista ecológico

Los impactos de la guerra se pueden analizar desde distintas áreas y escalas, y todos son graves para el planeta y los pueblos:  el peligro nuclear, o la misma la relación del gas, el petróleo, el uranio con la guerra, junto a la escalada armamentista o la seguridad alimentaria.

La guerra tiene un impacto local devastador con todo. Por ejemplo, destrucción, contaminación, o acumulación de desechos militares peligrosos que comprometerán los suelos, el agua y el aire de los escenarios de los combates.

Basta mirar los daños a la infraestructura, esencial e industrial, que da como resultado la liberación de más productos químicos tóxicos. También las instalaciones petroleras han sido objeto de bombardeos frecuentes. Las UXO (Municiones Sin Explotadar-MUSE, en español) provocan daños duraderos. Las minas terrestres inutilizan las zonas por las explosiones y hay un alto riesgo de detonación posterior.[1]

Las municiones explosivas contienen elementos como plomo, antimonio, uranio, y otros químicos con nefastos efectos al ambiente y a la salud por su alta toxicidad. Los bombardeos no solo matan gente, afectan toda la biodiversidad y anulan las redes de la vida.

La guerra es el acto humano más destructivo desde el punto de vista ecológico.

La  guerra en Ucrania está, además, poniendo de relieve la vulnerabilidad de un modelo económico basado en la explotación ilimitada de la naturaleza, la colonización de otros territorios y pueblos, el aumento de la escalada armamentística, la dependencia de los combustibles fósiles y el riesgo de la energía nuclear.

La inversión desmesurada en “seguridad nacional” se da a costa de la desinversión en salud, escuelas, políticas de empleo o acceso a energía limpia y de bajo impacto, aspectos que dan realmente seguridad a la mayoría a las personas[2]

Ha quedado demostrada la escasa voluntad de salir de la dependencia de los fósiles y, por el contrario, hay amenazas de aumentar la extracción en las fronteras más extremas.  A la emergencia climática que provocan la extracción y quema de hidrocarburos fósiles se une la escalada bélica del gas, el petróleo y el uranio elementos que están en el corazón de esta guerra.

Igualmente pone de manifiesto cómo el sistema alimentario, basado en importaciones y en la agricultura y ganadería industriales que dependen de combustibles fósiles, plaguicidas, fertilizantes y transgénicos, nos está llevando hasta el borde del abismo.

Cuando se habla de una salida pacífica al conflicto bélico en Ucrania, o de prepararse para un largo conflicto, lo que se propone realmente es trasladarlo a los nuevos territorios de extracción.

La respuesta a esta crisis no puede ser más armas, más gasto en defensa, más energías sucias, más pérdida de biodiversidad, más polarización y más desprotección para las personas.

Esta nueva y dolorosa crisis necesita, como la anterior provocada por la Covid-19, grandes dosis de solidaridad, de unión, de protección y de cuidados; muestra con gran claridad la imperiosa necesidad de acelerar una transformación radical del sistema, una transición ecológica y justa que coloque el cuidado de la vida como objetivo central.

Sin embargo, pasar de la crisis sanitaria mundial (que aún no ha sido superada) a la guerra, tiene el gran riesgo de reforzar no solo la naturalización de la muerte sino la centralidad del armamentismo y las batallas militares como parte central del repertorio de la cotidianidad. Es el sendero de la necropolítica, la política matar y dejar morir a las personas y a la Naturaleza.

Esta guerra nos ha mostrado la fuerte dependencia que tiene el Ecuador, por un lado a insumos agropecuarios como fertilizantes, maquinaria agrícola y agrotóxicos y, por otro, a las exportaciones de productos como las flores, los camarones y el banano, destinadas a Rusia y Ucrania de manera particular, lo que ha afectado la economía de las exportaciones, pero también a otros países con economías golpeadas por la guerra.

Hoy, más que nunca, tienen sentido defensa de la vida y de la naturaleza; las luchas contra el extractivismo en los territorios; la soberanía alimentaria y eliminar las dependencias a los plaguicidas y fertilizantes químicos; la lucha por transportes públicos libres de combustibles fósiles; la implementación de energías limpias, descentralizadas y de bajo impacto, y de basar nuestra economía en un desarrollo endógeno antes que en el incremento de las exportaciones.

Acción Ecológica
19 de mayo de 2022


[1] Para conocer más: CICR. RESTOS EXPLOSIVOS DE GUERRA. https://www.corteidh.or.cr/tablas/r25647.pdf

[2] Solo un ejemplo de la Carrera armamentista: VISUAL CAPITALIST. Arms Transfers: U.S. and Russia’s Biggest Trading Partners. https://www.visualcapitalist.com/cp/arms-transfers-u-s-and-russias-biggest-trading-partners/

 

Fuente: Accion Ecologica

¡¡ FUERA EL FMI !! SEMANA DE ACCIÓN 16 AL 21 DE MAYO

¡¡ FUERA EL FMI !!

SEMANA DE ACCIÓN 16 AL 21 DE MAYO

 

En estos días, el FMI continúa su “examen virtual” al gobierno argentino, se trata del primer control trimestral pactado en el nuevo acuerdo con el organismo, y se aguarda el inicio en Diputados del proyecto de ley para crear un fondo para pagarle al Fondo.  

Mientras tanto, las organizaciones populares agrupadas en la Autoconvocatoria por la Suspensión del Pago e Investigación de la Deuda, junto a otras organizaciones y partidos con los cuales nos venimos movilizando desde diciembre, retomamos la calle en una Semana de Acción ¡Fuera el FMI!, repudiando el acuerdo para pagar la estafa de Macri, exigiendo su anulación y la reparación de la verdadera deuda, que es con los pueblos y la naturaleza. 

Entre las actividades programadas durante la Semana, en CABA se realizará un Acto frente al Ministerio de Economía, el jueves 19/05 a las 12hs. Este martes se hizo una panfleteada en Florida y Diagonal Norte, y el viernes 20/5, a las 18 hs, habrá una charla-debate en el comedor del Inst. J.V. González, junto al Centro de Estudiantes. En Rosario, habrá una charla-debate sobre Deuda y modelo productivo el 19/5, en la Facultad de Humanidades/UNR, y el viernes, 20/5, una Radio abierta y volanteada frente a la Bolsa de Comercio. 

Frente al sometimiento y el ajuste que implican el acuerdo con el FMI y sus controles trimestrales, Nora Cortiñas, una de las impulsoras de la Autoconvocatoria, resaltó la importancia de la Semana de Acción afirmando que “tenemos que organizarnos y coordinarnos cada vez más, mantener nuestro reclamo en las calles, para no continuar pagando lo que no debemos, con el hambre, la pobreza, el saqueo extractivista. Las estafas no se pagan, se repudian”.

Durante el transcurso de la Semana de Acción habrá también radios abiertas, mesas y volanteadas en diversas localidades y provincias, incluyendo, entre otras, Salta, Resistencia, Santiago del Estero, Tucumán, Mar Del Plata y Jujuy. El miércoles, 18/5, Día del Censo, se prevé una acción virtual por las redes sociales.

La Semana de Acción es una iniciativa abierta para continuar sumando fuerzas hacia una amplia Jornada federal de movilización y un plan de lucha para echar al FMI de nuestro país, nuestros cuerpos y territorios.  En ese mismo sentido, se está organizando un Encuentro Nacional sobre Deuda y el FMI para el próximo 20 de junio, Día de la Bandera.

AUTOCONVOCATORIA POR LA SUSPENSIÓN DEL PAGO E INVESTIGACIÓN DE LA DEUDA

-17/5/22

Contactos de prensa:

Beverly Keene, 11-55690140

Laura Perusín, 11-69152172

 

La ecología sin lucha social es solo jardinería

¿Puede la lucha ambiental sintetizar las actuales disputas sociales y económicas? Un repaso sobre la relación sociedad-naturaleza, y su lógica colonial y extractiva, evidencia la opresión sobre el sur global, las mujeres, los pueblos originarios y la población negra. Y encuentra en las luchas socioambientales una herramienta de construcción transversal que lleve a una transición justa.

El paradigma –todavía vigente en nuestra cultura occidental– acerca de la relación sociedad-naturaleza, definido por la oposición entre sus elementos y por la subordinación de uno –la naturaleza– al otro –la sociedad–, es un buen ejemplo de aquellas concepciones antropológicas que influyen en la construcción de imaginarios y posiciones políticas. Dicho binomio sirvió como sustrato teórico y justificación para otros pares con similar contenido de opresión, como una suerte de espejo de los mismos.

En el marco de una crisis climática y ecológica en pleno desarrollo, el análisis del paradigma antropológico que define la relación sociedad-naturaleza puede permitirnos comprender la situación en la que nos hallamos, sus conexiones con otros sistemas de opresión y las posibles salidas a todo ello. De esta manera, las  luchas socioambientales que se están desplegando en todo el mundo tienen la potencialidad de revelarse como poderosas armas de construcción interseccional para luchar contra toda forma de opresión.

La relación sociedad-naturaleza, una mirada antropocéntrica 

La relación entre sociedad o cultura –podemos considerarlos como equivalentes– y naturaleza se ha constituido como un dualismo entre ambos. En esta dicotomía, el ser humano es considerado el centro de la relación y la naturaleza es concebida como dominada y subordinada a la cultura y, de forma instrumental, al servicio de la dominación de aquel sobre la tierra y de la expansión del capital.

Podemos situar el origen de esta concepción en la tradición judeocristiana, que creó una visión antropocéntrica del mundo, sobre todo a partir del relato del Génesis que le sirve de sustento. Esta idea ha sido expresada cabalmente por Lynn White Jr. en su artículo  Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica. El autor afirma que el cristianismo “estableció un dualismo entre el hombre y la naturaleza […]” e “[…] insistió en que era la voluntad de Dios que el hombre explotara la naturaleza para su propio beneficio”. White agrega que el desplazamiento, por parte del cristianismo, de las visiones paganas, como la espiritualización de los elementos naturales, eliminó toda reserva frente a la explotación de la naturaleza. 

En una línea similar, el teólogo brasileño Leonardo Boff afirmó en Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, que el cristianismo contribuyó enormemente a la secularización del mundo natural y al surgimiento del paradigma tecnocientífico –según él, uno de los principales factores de la actual crisis ecológica–. Boff resalta una serie de elementos “antiecológicos” en la cultura judeocristiana, sobre todo a partir de la lectura del Génesis, pero se distancia explícitamente de Lynn White y rechaza que pueda situarse la responsabilidad de la actual situación principal o exclusivamente en la cultura creada por el cristianismo. 

A lo largo de su libro parece vislumbrarse la idea de que la  responsabilidad principal ha de caer sobre el capitalismo, cuya lógica de permanente persecución de la ganancia ha avanzado sistemáticamente sobre los derechos y el bienestar de los territorios y las poblaciones.

La dominación de la naturaleza, según el patriarcado

La antropóloga estadounidense Sherry Ortner, en  ¿Es la mujer al hombre lo que la naturaleza a la cultura?, busca explicar la universal (según su consideración) subordinación de la mujer y lo hace con la idea de que todas las culturas vinculan lo femenino con la naturaleza, a la cual también juzgan inferior. La autora señala que todas las sociedades humanas han marcado una diferencia entre sí mismas y la naturaleza en base al hecho de que la sociedad es capaz de superar las condiciones naturales y utilizarlas en su beneficio, “socializando” a la naturaleza. Ortner sostiene que, si las mujeres son simbólicamente asociadas a la naturaleza y los hombres a la cultura, y si esta busca siempre someter a aquella, entonces la sumisión de la mujer por el hombre es entendida en cada cultura como algo natural.

Ortner presenta dos argumentos fundamentales acerca de por qué la mujer es vinculada a la naturaleza. En primer lugar, siguiendo a Simone de Beauvoir, señala que su cercanía a la naturaleza está fuertemente determinada por sus funciones en la reproducción y las características fisiológicas de la mujer; mientras que el hombre, al carecer de “funciones naturales creativas”, sólo puede alcanzar esta capacidad creadora a través de la cultura, de los símbolos y la tecnología. 

En segundo lugar, dichas características fisiológicas determinaron la reducción de la mujer a espacios y roles sociales restringidos, también considerados cercanos a la naturaleza. Con ello se refiere a la limitación de la mujer al círculo doméstico, lo cual favorece su asociación con la naturaleza: por un lado debido a la relación con los niños –quienes, al no estar socializados, son obviamente parte de la naturaleza– y, por otro, por su exclusión del espacio público o político –eminentemente vinculado a la sociedad–, que resulta potestad exclusiva de los hombres.

El salvaje y la carga del hombre blanco

Sin duda uno de los casos en los que más transparente resulta la relación sociedad-naturaleza como espejo y fundamento de otras relaciones de opresión es en el del binomio civilizado-salvaje. La cultura blanca europea en distintos momentos de la historia asoció con la naturaleza a diversos pueblos considerados “salvajes” o “no civilizados”.

En América, los debates del siglo XVI acerca de la condición de los indígenas fueron fundamentales en la justificación y legitimación de la Conquista. Dentro de dicho debate las argumentaciones que señalaban que los indígenas eran bárbaros, sin razón, dominados por el cuerpo y, por todo esto, incapaces de constituir una sociedad regida por leyes justas y racionales remiten claramente a los valores y símbolos asociados con la naturaleza. 

Si bien en el debate prevalecieron los argumentos más benévolos con los indígenas (como los de Bartolomé de Las Casas), aun así la marcada inferioridad del “indio” por su asociación con la naturaleza estuvo presente en todas las representaciones que de ellos se hicieron los españoles y sus herederos criollos de las repúblicas independientes.

Como señala Aníbal Quijano el libro Cuestiones y horizontes: de la dependencia históricoestructural a la colonialidad / descolonialidad del poder, la propia configuración de las diferencias entre grupos según criterios raciales, de las categorías de “europeo”, “indio”,  “negro”, y de la posición de inferioridad de estos últimos tiene su origen en la conquista de América. En ese contexto la racialidad funcionó como legitimadora de las relaciones de explotación y dominación, y quedó asociada con determinados roles en la sociedad colonial, configurando una “división racial del trabajo”.

Foto: Subcoop

En LaEra del Imperialismo (Hobsbawm dixit), la presencia y relevancia del par civilizado-salvaje fue aún mayor. Durante dicho período existieron, a grandes rasgos, dos imágenes acerca de “los otros” conquistados. En primer lugar, la del salvaje violento, bestial y promiscuo, subhumano incluso, que debía ser domesticado. La segunda imagen presentaba a los pueblos colonizados como niños a los que había que enseñar las bondades de la civilización, el desarrollo económico y las costumbres europeas. Se trata de la famosa “carga del hombre blanco”, al decir de Rudyard Kipling.

En ambas imágenes predomina una concepción del “otro” colonizado que es netamente de inferioridad debido, en gran medida, a su asociación con la naturaleza. En el primer caso, se expresa en la representación de dichos pueblos bajos imágenes de salvajismo y brutalidad que los acerca a la animalidad, a la naturaleza incontrolada. En el segundo caso, como una naturaleza que debe ser educada y gobernada.

Conjunción de opresiones hacia el paradigma del “desarrollo” 

El vínculo espejado entre las distintas relaciones de opresión presentadas ha confluido en una lógica colonial extractivista que fundamentó un modelo imperialista y de desarrollo incuestionable, que llevó a la explotación de la naturaleza, de las mujeres y de los pueblos, especialmente en el sur global.

El desarrollo del capitalismo se fundó sobre la base de la conquista de otros pueblos, la expoliación de los bienes comunes naturales de sus territorios y la opresión específica sobre la mujer. El proceso de acumulación originaria del capital coincide temporalmente y está profundamente ligado al inicio de la expansión colonial europea por América y el Índico y el comercio transatlántico de esclavos. 

Durante dicho período no solo se sometió a la naturaleza y a los pueblos de América, sino que además se ejerció una opresión particular sobre las mujeres, debido a que fueron permanentes víctimas de la violencia física y sexual de los conquistadores, y a la imposición de los modelos europeos de subordinación social y simbólica de la mujer. Podemos ver, entonces, la conjunción de la opresión de la sociedad sobre la naturaleza, del civilizado sobre el bárbaro, y del hombre sobre la mujer.

Sin embargo, la acumulación originaria, según expresa Rosa Luxemburgo en  La acumulación del capital, no es un momento, sino un proceso constante que se renueva en las crisis cíclicas del capitalismo. De esta manera, el imperialismo del siglo XIX, que avanzó especialmente sobre África y Asia en el contexto de la Gran Depresión de 1873, fue parte del proceso de “acumulación por desposesión” (en palabras de David Harvey). 

La expansión de las potencias industriales europeas estuvo motivada, fundamentalmente, por la búsqueda de obtención de materias primas para sus fábricas y de mercados dependientes donde colocar sus manufacturas y capitales. Así, fue la expoliación de la naturaleza y el sometimiento de los pueblos, bajo las lógicas de fundamentación descritas en las secciones anteriores, lo que impulsó la Era del Imperialismo.

Cabe destacar, tal como señala la antropóloga Henrietta Moore, que debido a este proceso de expansión del occidente capitalista, se difundió su concepción de dominación de la sociedad sobre la naturaleza y del hombre sobre la mujer a todos los pueblos del planeta que fueron integrados en forma subordinada a dicho régimen. 

En nuestros días, la privatización de los bienes comunes en todo el mundo iniciada en la década de 1970 es la forma históricamente específica que la acumulación de capital asume en el marco del proceso de reestructuración capitalista. Esta nueva etapa de acumulación por desposesión se da a través de un neocolonialismo que se oculta bajo el paradigma del desarrollo.

¿Desarrollo o mal desarrollo?

Como sostienen Maristella Svampa y Enrique Viale en El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del mal desarrollo, el paradigma hegemónico productivista que concibe al desarrollo económico como único horizonte posible y deseable tiene sus raíces en una concepción antropocéntrica.

Esta, además, genera un binomio de oposición subdesarrollado-desarrollado que funciona como espejo de otros como “pobre/rico, avanzado/atrasado, civilizado/salvaje, centro/periferia”. Según los autores, la visión de desarrollo imperante en Latinoamérica es “eldoradista” –basada en la extracción y explotación de los recursos naturales como fuente de riqueza– y pretende imitar el nivel de vida de los países “desarrollados”. Estos elementos determinan que podamos pensar el desarrollo como “continuación del proceso de colonización […] basado en la explotación o exclusión de la mujer […], en la explotación y degradación de la naturaleza y en la explotación y destrucción gradual de otras culturas”.

Las implicancias neocoloniales del modelo de desarrollo son claras. En primer lugar, la idea de querer emular el “desarrollo” y bienestar de los países centrales manifiesta, en palabras de Camila Moreno, un modo de pensar imperial, que tiene como único horizonte posible a la Europa blanca, descartando cualquier otro saber o actuar que pueda surgir de los pueblos indígenas de nuestro continente. 

En segundo lugar, el  bienestar, desarrollo y  transición energética de los países centrales se ha realizado y continúa realizándose a costa de la externalización de los costos sociales y ecológicos y la explotación de la naturaleza y la fuerza de trabajo del sur global, como lo señalan los investigadores Ulrich Brand y Markus Wissen en su libro Modo de vida imperial

Los valiosos recursos necesarios para la transición socioecológica del norte –como  el litio– son extraídos del sur, dejando a su paso territorios destruidos y magros –si no nulos– beneficios económicos para las poblaciones locales. Aceptar que la base de nuestras economías sea desempeñar el rol de proveedores de materias primas es  la reedición de un modelo colonial que parece calcado del siglo XIX.

Cabe mencionar que, además de la destrucción de los territorios,  el extractivismo avanza sobre los cuerpos, en particular, de las mujeres. Son ellas las más afectadas, en tanto víctimas predilectas de la violencia física y sexual que se ejerce contra las poblaciones que resisten la instalación de proyectos extractivos. Estos, además, una vez instalados producen la desarticulación de las economías locales y familiares –en las que las mujeres ocupan un rol significativo– y la extensión de las redes de trata de personas y explotación sexual.

El desarrollo, y el horizonte de extractivismo que trae aparejado, es un modelo que reproduce las líneas de la dependencia colonial (aún más evidente en una  Argentina sometida al pacto con el FMI), se desentiende y opone a la naturaleza –a la que considera un estorbo–, y se impone en forma antidemocrática, en contra de los deseos de las poblaciones y en beneficio del capital que lo diseñó e impulsó.

Una lectura clasista sobre la crisis ambiental 

Hemos visto cómo la explotación de la naturaleza (y la problemática ambiental que conlleva) se vincula estrechamente con la de la mujer y la de los pueblos colonizados del sur global. Resta solamente introducir en forma explícita un elemento más: el análisis de clase.

Las emisiones de carbono dejan a la vista el carácter clasista de la crisis climática: el 10% más rico de la población mundial produce la mitad de las emisiones y el 1% más rico emite más que el 50% más pobre. Por otra parte, más del 60% de las emisiones son generadas por cerca de 100 empresas públicas y privadas. Tampoco es casual que en muchas regiones del mundo los mapas de la pobreza coincidan con los de la destrucción ambiental, en forma especialmente visible en América Latina y África.

Foto: Subcoop

Ahora bien, la imperiosa necesidad del capital de expandirse constante e imparablemente para generar más plusvalía, más beneficios y más capital, entra en directa contradicción con el marcado agotamiento de los bienes naturales y de los equilibrios ecosistémicos. En otras palabras, no existe más espacio para el crecimiento ilimitado. En este sentido, las luchas ambientales van en directa contradicción con un fundamento crucial del capitalismo y, por lo tanto, son un combate anticapitalista por naturaleza.

Algunos de los principales conflictos de los que somos testigos en los diversos territorios están determinados por la resistencia frente a algunos de los sectores más dinámicos y potentes del capital: basta repasar rápidamente el caso del agronegocio, que domina buena parte de las economías latinoamericanas. El extractivismo urbano, tan presente en las grandes ciudades del mundo y llevado adelante en beneficio de la especulación inmobiliaria y de las urbanizaciones de lujo. La megaminería a cielo abierto, que es una de las expresiones más acabadas de la dominación neocolonial que deja graves perjuicios en los territorios y magros beneficios económicos, entre otros.

En estos conflictos, como en todo conflicto social, el rol de la clase trabajadora es fundamental, ya que su poder reside tanto en su número como en su posición estratégica en la producción como creadora de la riqueza apropiada privadamente y garante de la reproducción social. Por tomar solo un ejemplo, la lucha contra la  zonificación que habilitaba la megaminería en Chubut, el pasado diciembre, triunfó en pocos días gracias a la gigantesca movilización popular y a la histórica participación –por primera vez en un conflicto de este tipo– de los sindicatos portuarios, pesqueros y de transporte.

Un paradigma transversal por la justicia ambiental 

Es cada vez más evidente la necesidad de que cualquier salida de la grave crisis climática y ecológica en la que estamos sumergidos esté anclada en la profunda reevaluación de nuestro paradigma cultural respecto, fundamentalmente, de la relación sociedad-naturaleza. 

Gran cantidad de visiones, muy diversas, han aportado en este sentido. Entre muchas otras: 

  • El ecofeminismo introdujo en el léxico cotidiano de las luchas ambientales la idea del cuerpo-territorio, el cual debe ser defendido de la conquista, resumiendo perfectamente la íntima relación entre la relación sociedad-naturaleza y sus espejos. 
  • La  Encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco que popularizó conceptos cruciales como “casa común” y “ecología integral” y acentuó su vinculación con la justicia social. 
  • Las categorías del Buen Vivir y de los  derechos de la naturaleza aportadas por la cosmovisión indígena que postulan la defensa de la naturaleza frente al desarrollo colonial mercantilista y antropocéntrico occidentales. 
  • El ecosocialismo brinda un análisis más acabado acerca de la responsabilidad del capitalismo en la crisis.

El principal aporte que puede proveer el entendimiento acerca de la conjunción de diversas opresiones, es el impulso a la interseccionalidad como salida a la actual crisis climática y ecológica. La profundidad de las causas y los efectos de la crisis son tan grandes, que solo una perspectiva transversal e integral puede dar las herramientas suficientes para derribar las lógicas que perpetúan la explotación de la naturaleza, de los pueblos del sur, de los trabajadores y trabajadoras, de las mujeres y de los territorios. Los movimientos socioambientales, particularmente aquellos con fuerte impronta juvenil, han sabido recorrer un camino de importante construcción interseccional junto con movimientos sociales, feministas, sindicales, de desocupados, indígenas. 

Esto se ha traducido, por ejemplo en Argentina, en una jerarquización de la agenda ambiental de tal envergadura que –a pesar de los intentos desde el “capitalismo verde” por cooptarla– ha logrado instalar en el debate público numerosas discusiones acerca de nuestros modelos culturales, sociales, económicos y ambientales, tales como los planteados aquí. 

Tanto es así que, del otro lado, el paradigma de desarrollo ha desplegado en el último tiempo una fuerte agenda de relegitimación propia, descalificando al ambientalismo como “bobo”, “falopa”, “prohibitivo” y queriendo anular toda posibilidad de renovación de las miradas y los horizontes.

Si el capitalismo y los capitalistas son los principales responsables de la crisis climática y ecológica que vivimos, entonces la lucha por la justicia ambiental puede ser una puerta de entrada para la lucha revolucionaria contra toda opresión. Un ambientalismo que no sea feminista, antiimperialista y anticapitalista difícilmente pueda lograr una transición significativa y justa que evite un colapso ecológico irreversible y catastrófico. Porque, como dijo el gran militante ecosocialista Chico Mendes: “La ecología sin lucha social es sólo jardinería”.

Por: Juan Pedro Frère Affanni 

Fuente: Agencia Tierra Viva

Portada: Audiencia Popular “Verdad, Justicia y Relación Socioambiental para Panamá”. Comunidad de Las Tablas de El Potrero del Distrito de La Pintada, Provincia de Coclé. 2018. Por: Colectivo Voces Ecológicas COVEC.

 

Fuente: Radio Temblor