Click here to download the pdf file


Diversas acciones en defensa de la naturaleza se realizaron el pasado jueves 2 de diciembre en Panamá. La primera movilización fue realizada por representantes de la sociedad civil veragüense que luchan por la aprobación del proyecto de ley 171 que declara Patrimonio Natural Nacional y Área Protegida Hidrológica a la Cuenca Hidrográfica del Río Santa María. Luego que se aprobará por insistencia por segunda vez en la Asamblea de Diputados, y fuera vetada por el Órgano Ejecutivo, la cual pasa a la Corte Suprema de Justicia por inexequibilidad. Sin embargo, la corte sometió a consulta ante la Procuraduría General de la Nación, notificando que no es objeto de inexequibilidad. Ahora corre un período de 10 días para presentar alegatos en pro de dicha ley, que inició el pasado 25 de noviembre y culmina el viernes 10 de diciembre.
La segunda acción ciudadana, se realizó en los predios de la estación de la Iglesia del Carmen en rechazo al Decreto Ejecutivo 141 que emite “Certificados de Acreditación de Uso de Suelo en Áreas Protegidas”, la cual representa una incongruencia en materia de protección ambiental para las áreas naturales con una rica biodiversidad en nuestro istmo. Máxime cuando la sociedad civil no fue tomada en consideración para su aprobación, pasando por encima de procedimientos de participación y consulta como es la Ley 125 del 4 de febrero de 2020 “Acuerdo de Escazú” sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia también contemplada en la Ley N° 41 de 1998 – General de Ambiente de la República de Panamá.
En las últimas décadas ante fallidas acciones gubernamentales Panamá retrocede en materia de conservación y acuerdos internacionales para el ambiente.
Redacción Radio Temblor Internacional
Fuente: Radio Temblor

En plena pandemia de COVID-19, cuando el virus arrasaba con la vida de las comunidades indígenas, las mujeres no podían dormir. Aisladas, sin medicamentos ni acceso a los hospitales, hicieron todo lo posible para resguardar la salud de sus familias con lo que tenían a la mano y sabían usar: las plantas medicinales que sus ancestros les enseñaron.
Del bosque sacaron hojas de matico (Piper aduncum), kion (Zingiber officinale) y pedazos de corteza del árbol quina quina (Cinchona officinalis), las hirvieron y crearon infusiones y vapores para ayudar a las personas enfermas a respirar. De esta forma y pese a los más de 32 000 contagios y más de 1 200 muertes reportadas a la fecha por el Ministerio de Salud en la Amazonía de Perú, los pueblos resistieron.
“Si nosotras dejábamos solamente la atención en la medicina de las farmacéuticas, no se podía resistir y frenar ese contagio de Covid; las hermanas, donde sea, nos hemos organizado”, cuenta la lideresa awajún Delfina Catip, quien al inicio de la pandemia era la responsable del Programa Mujer Indígena de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep) —la organización indígena más grande del Perú—.
Pero el uso de las plantas medicinales se ha ganado un espacio más allá de la atención del COVID-19. Las mujeres indígenas han empezado a compartir los conocimientos adquiridos y a desarrollar estrategias para promover en las comunidades la creación de farmacias naturales. ¿Cómo lo han hecho?
Farmacias en el bosque
En cuanto el virus les dio una tregua —a partir de enero de 2021, en el segundo año de la pandemia—, la lideresa Delfina Catip se reunió con sus compañeras de organización, especialmente, con las sabias y las promotoras de salud indígena de las comunidades amazónicas para diseñar un plan.
Fue así como gestaron talleres con las mujeres de las nueve organizaciones regionales base para compartir los conocimientos de todas y crear, en conjunto, un documento que recoge la información que hoy sirve para capacitar a otras en el uso adecuado de las plantas medicinales indígenas, incluyendo su revalorización, reproducción y cuidado.
“Aunque nosotras tenemos la práctica del manejo de plantas desde antes, las mujeres estábamos olvidándolas, pero el Covid nos ha obligado a recuperar tanto el manejo como las plantas vivas, para implementar biohuertos o chacras comunales”, explica Delfina Catip.
Entonces le pidieron ayuda a la ONG Amazon Watch en Perú para organizar módulos de capacitación, reunir a las interesadas y compilar los datos. A esto se sumó el trabajo en las chacras o huertas para llenarlas de plantas y convertirlas en espacios de conocimiento, además de la creación de un mercado de plantas y una farmacia indígena, propuestas que están desarrollando ahora mismo.
Ricardo Pérez, coordinador de comunicaciones de la organización, explicó que fue claro que el problema de salud no estaba siendo atendido por el gobierno, por eso, cuando las mujeres pidieron asistencia para el proyecto, dejaron de lado sus programas para acompañarlas y atender la urgencia.
“Entonces, dijimos, ¿por qué no preguntamos a cada pueblo cuáles son las enfermedades más urgentes y para las que tienen más problemas para acceder a la medicina occidental?”, apuntó Pérez. “Luego, preguntamos a las sabias qué plantas son buenas para eso, cómo las cuidamos y cómo las preparamos. Esa fue una propuesta que vino de ellas”.
De esa forma, se habló no solo del COVID-19, sino del VIH, la tuberculosis, la malaria, el dengue, la diabetes y sobre las que denominaron enfermedades etnoculturales: el mal de ojo, el susto o el chucaque, atribuidas a las emociones fuertes, asimilación de energías negativas o a la presencia de espíritus.
“Las mujeres se dieron cuenta del potencial y del conocimiento que tienen, porque el Estado no va a llegar, eso no va a pasar”, agregó Pérez. “Obviamente sigue la lucha para que el gobierno atienda, para que haya centros de salud de medicina occidental, pero mientras eso ocurre, ellas dijeron: necesitamos un plan B”.
“Llorábamos por no saber qué hacer”, dice Teresita Antazú, lideresa yanesha, sobre los momentos más duros de la pandemia. Antazú sucedió en el cargo a Delfina Catip y se encarga ahora de dar seguimiento a los proyectos de medicina indígena del Programa Mujer Indígena de Aidesep.
“Yo, que soy abuela y mamá, les dije: ‘hijos, vamos a tener que curarnos como nos curábamos antes’. Cuando había una enfermedad, mi abuelita nos hacía tomar amargo, que en nuestro idioma se dice Pishirr. Y lo tomabas en la mañana y en la tarde, toda una semana”, explica Antazú. “Yo creo que ahora con la pandemia todo un año hemos tomado así las medicinas: el matico, el ajo sacha (Mansoa) con limón y miel porque mis abuelos decían que la miel era algo poderoso, que nos daba energía”.
Fue justo su abuelo quien le enseñó a amar a las plantas. También a respetarlas y pedirles permiso para hacer uso de ellas. “Cuando íbamos al bosque, nos decía: ‘hijos, vamos a buscar tamshi (Asplundia divergens)’. Llegábamos y mi abuelo le hablaba a la planta”, afirma Antazú.
Entonces, el abuelo recitaba: “Hermano tamshi, te vamos a sacar la soga porque voy a hacer la canasta para que mi señora cargue la yuca, vamos a amarrar los palos para que la gallina duerma y yo sé que tú vas a estar contento. Hijos, ¡saluden al hermano árbol!”. Teresita Antazú, siendo una niña, lo miraba con ternura y accedía a realizar el siguiente paso del ritual: darle unas palmaditas al tronco del árbol, luego abrir la tierra y colocarle una ofrenda de hojas de coca, naranja dulce, platanitos y masato, su bebida tradicional.
Ahora Antazú ha transmitido estos conocimientos a su nieto pequeño, quien ahora quiere llevarle caramelos a los árboles y a las plantas como agradecimiento por sus bondades. Con todo ese contexto, la lideresa tiene claro que todos somos parte de la naturaleza y por ello hay que defenderla: la integridad de sus territorios significa también salud para los pueblos.
“La palma aceitera empobrece la tierra, igual el maíz en grandes cantidades”, dice Teresita Antazú, en referencia a las presiones que existen en sus bosques. “Nosotros tenemos un problema de mucha invasión de tierras que afecta a la comunidad, vivimos cerca de la reserva San Matías – San Carlos, donde han sacado la madera y a nosotros nos impiden entrar. Contaminan los ríos, sacan las plantas medicinales. Son terribles las amenazas que tenemos: entran y se acaban las plantas, nuestra soga del tamshi para la canasta, todo han derribado, todo han invadido”.
Cynthia Cárdenas es educadora, antropóloga y actual investigadora del Centro de Excelencia en Enfermedades Crónicas de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, quien trabaja muy de cerca con organizaciones como Aidesep en los programas para la preparación de enfermeros técnicos de salud intercultural. Ella señala que actualmente no existe un reconocimiento oficial sobre el papel que jugaron las plantas medicinales en la atención de pacientes con COVID-19, sin embargo, hay otro elemento en juego que tampoco ha sido tomado en cuenta: el reconocimiento a los promotores de salud indígena en las comunidades.
“Fueron la primera línea de atención porque no en todas las comunidades hay un establecimiento de salud, entonces, estos promotores brindaron esa atención y ahora ORPIO (Organización de Pueblos Indígenas del Oriente) tiene una propuesta para que se reconozcan oficialmente, porque hasta ahora las normas dicen que ellos hacen solo un trabajo voluntario”, argumentó.
Para Cárdenas, la reacción del Estado frente a las necesidades y exigencias de los pueblos ha sido lenta, con comunicaciones unilaterales que solo obligan a la gente a validar sus propuestas y acciones, sin tomar en cuenta los conocimientos de los pueblos.
“Pero la pandemia ha mostrado que hay un sistema médico indígena y una medicina indígena que están vivos”, agrega, “y no solamente sobre el uso de plantas medicinales, sino de las nociones del cuerpo, salud y enfermedad que tienen. Por eso no solo va el tema del uso de plantas, sino de una cuestión mucho más profunda, sobre reconocer la epistemología”.
Teresita Antazú coincide en que los aportes de la medicina indígena no son reconocidos si no hay detrás estudios universitarios, estudios técnicos ni trabajo en hospitales regidos por la medicina occidental.
“No puedes hacer nada, esos conocimientos no pueden valer como lo que ha estudiado un médico; sé que no es igual, pero tiene que ver con nuestra salud porque hemos trabajado muchos años en ese tema, pero también en que las comunidades tengan centros de salud equipados, con enfermeras y ¿por qué no formar médicos de nuestro pueblo o enfermeras interculturales como ya se ha hecho en Aidesep?”.
Las reflexiones han sido múltiples en el trayecto de estas actividades, sin embargo, Antazú está convencida del poder que tienen las mujeres y las naturaleza cuando se unen, por eso le interesa que los avances sigan documentándose y formen parte del conocimiento colectivo de los pueblos indígenas.
“Pensaba en escribir sobre el valor de las plantas, el valor de las mujeres y sobre cómo conectarse, porque si somos parte de la naturaleza, pues así juntas la naturaleza y las mujeres saldremos adelante. ¡Venceremos!”.
Por: Astrid Arellano.
Imagen principal: Mujeres de 20 pueblos indígenas de la Amazonía Peruana crearon un manual, huertos y una farmacia indígena para atender enfermedades como el COVID-19. Foto: Programa Mujer de Aidesep.
Publicado originalmente en Mongabay Latam
Tomado de: desinformemonos.org
Fuente: Radio Temblor
*Por Alex Hercog e Instituto Pacs
Como um rio, o tempo avança sem voltar atrás e se ressignifica a cada encontro com outros afluentes. Para seu Ozeas, um dos mais antigos moradores do bairro de Santa Cruz, na zona oeste do Rio de Janeiro, o primeiro encontro com as águas da região fez mudar o curso de sua vida. Ali, no mangue e no rio, o então garoto começou a tirar o seu sustento da pesca e passou a residir definitivamente no bairro.

Em 2006, no entanto, a instalação da siderúrgica TKCSA (atual Ternium Brasil) em Santa Cruz representou uma mudança radical na vida dos moradores da região. Durante uma década a empresa operou sem licença e se tornou a maior siderúrgica da América Latina. Em 2021, seus acionistas comemoraram o “valuation” da Ternium, que no jargão capitalista significava dizer que valia à pena investir na siderúrgica que renderia até 2,8 bilhões de dólares no fluxo de caixa anual destinado aos seus acionistas. No terceiro trimestre de 2021, o lucro da empresa já superava US$ 1,20 bilhão.
Por outros motivos, 2021 também foi um ano de comemoração para seu Ozeas e sua família. Nascido no dia 24 de junho, o pescador completou nove décadas de vida. O dia em que se festeja o São João também é atribuído a Xangô, orixá que se inquieta diante das injustiças e nunca se desvia do caminho do justo.
Seu Ozeas sempre foi crítico ao modo de operação da Ternium e, com a sabedoria de quem conhece a dinâmica das águas, sempre previu os distúrbios que acabaram se concretizando. O funcionamento da siderúrgica fez com que o rio Guandu, o canal São Francisco e a bacia de Sepetiba tivessem suas águas poluídas e a vida marinha afetada por diversas obras. A tranquilidade da região foi substituída por um vai e vem constante e o céu também foi contaminado pela operação da Ternium, provocando doenças e prejudicando a qualidade de vida da população.
A chegada da siderúrgica mudou a vida das pessoas que vivem em Santa Cruz e que há mais de uma década lutam por justiça, indenização e reparação. Em 2021, um novo capítulo pôde ser escrito, já que nesse ano a Ternium precisou passar por um processo de renovação de sua licença de operação. Nesse contexto, foi lançada a campanha Licença pra quê?, promovida pelo Instituto Pacs e Coletivo Martha Trindade, contando com o apoio de diversas organizações.

Durante todo o ano, algumas ações buscaram incidir no pedido de renovação. Nas redes sociais, as publicações contaram um pouco sobre a vida dos moradores da região, explicaram os danos ao bairro promovidos pela instalação da siderúrgica e apresentaram alguns fenômenos, como a “chuva de prata”, resultado da poluição provocada pela empresa.
Algumas denúncias também chegaram à imprensa. O Diplomatique Brasil publicou uma matéria em que analisa as medidas de “desinvestimento” promovidas pela mineradora Vale e como a lógica de utilizar a burocracia e subterfúgios jurídicos para não indenizar vidas e territórios impactados é repetida por outras gigantes empresariais, a exemplo da Ternium. O portal argentino AnRed denunciou as violações cometidas pela siderúrgica no Brasil – sediada na Argentina, a Ternium também é acusada de contaminar o rio Paraná e o ar da cidade de La Plata.
Em artigo publicado no Massa Crítica, o professor e pesquisador Flávio Rocha questionou o “preço do desenvolvimento” trazido pela siderurgia em Santa Cruz. O material trouxe dados e um histórico da presença da Ternium e TKCSA na região. Flávio também é morador de Santa Cruz e membro do Coletivo Martha Trindade, fundado em 2016, a partir de um processo de vigilância popular em saúde que monitorou a qualidade do ar na região afetada pela Ternium. O grupo também produz o podcast “Vozes da Juventude: escuta Santa Cruz”, que em seu último episódio trouxe o questionamento dos moradores sobre a atuação e processo de relicenciamento da siderúrgica.
No âmbito jurídico, houve um diálogo com a Defensoria e Ouvidoria junto aos moradores que possuem ações judiciais em curso contra a empresa. Após muita insistência, através da lei de acesso à informação, se teve acesso à cópia do processo da licença de operação da Ternium junto ao Instituto Estadual do Ambiente (INEA), bem como do pedido de renovação da licença.
Inicialmente, a atual licença venceria em setembro de 2021. No entanto, a Ternium protocolou seu pedido de renovação com 120 dias para o seu vencimento, prorrogando o prazo indefinidamente, até manifestação final do INEA. Em junho, o pedido foi enviado ao instituto para análise técnica, mas até o final de novembro ainda não havia sido apresentada nenhuma decisão.
A urgente luta dos moradores e moradoras contrasta com a morosidade da Justiça e a indiferença da Ternium. Para seu Ozeas, mesmo que a empresa passasse a cumprir as condicionantes ambientais, parte do estrago feito seria irreversível, como a vida marinha e os mangues destruídos. “Fui pescador, não! SOU PESCADOR!”, afirma, enquanto relembra o tempo em que a pesca “era uma coisa linda de se ver, a quantidade de peixes saltando”.
O bairro de Santa Cruz anterior à chegada da siderúrgica só existe nas lembranças de quem viveu um tempo em que a fartura de peixes sustentava toda a família, que as plantações nos quintais geravam alimentos naturais e livres de qualquer contaminação, e que se podia viver e respirar o ar da região sem adoecer.
Memórias como as de seu Ozeas e de tantos outros moradores e moradoras de Santa Cruz é que farão a luta por justiça se perpetuar no tempo e manter vivo todos e todas que ousaram se indignar e recusar o modo de vida imposto pela TKCSA/Ternium. A disposição de um senhor de 90 anos inspira mesmo diante da desesperança, porque faz manter a utopia de quem ainda acredita que a vida vale mais que o lucro. De quem, a exemplo de Xangô, não cede às injustiças.
Fuente: PACS

Foz de Yguazu, 26 de noviembre de 2021
Las organizaciones participantes del Seminario Soberanía e Integración Eléctrica Regional – Modelo energético actual: ¿Desarrollo para quién y para qué? manifestamos:
Campaña Itaipu 2023 Causa Nacional, Coletivo Nacional dos Eletricitários (Brasil), Frente por una nueva política energética para Brasil, Movimiento de Afectados por Represas (MAB – Brasil), Jubileo Sur / Américas, Jubileo Sur Brasil, Confederación de la Clase Trabajadora (CCT – Paraguay), Sindicato de Trabajadores de la Administración Nacional de Electricidad (SITRANDE, Paraguay), Sobrevivencia – Amigos de la Tierra Paraguay, Sociedad de Comunicadores del Paraguay.